sábado, 31 de mayo de 2008

Setenta y siete preguntas.

Escribo veinte mil quinientas cuarenta y cinco veces lo mismo, de diferente forma y lo borro y lo borro y lo borro, no me gusta. No me convence.
No espero algo, espero nada. El café se congela y yo también.
Hoy cuando salí del metro por quinta vez, me temblaban las piernas -no de frío- y una sensación extraña me recorría el cuerpo, las manos me sudaban a mares. Si hubiese sabido antes, que este era un mecanismo de premonición, no hubiese continuado con tan aletargada caminata. En fin, llegué a destino y como siempre, no se me hizo problema el esperar. Fue esa espera la menos parsimoniosa de todas. No sé de dónde diablos salieron las palabras, no sé si las inventé o siempre estuvieron allí; pero las dije y no sé si estuve bien en hacerlo, creo que debí haber engullido la curiosidad y evitar preguntas, quizás, absurdas. Pero me es difícil evitar hacer/decir/callar las cosas cuando las siento.
Hay gente que se enamora en la micro, en el metro, en la calle, en hospitales y cementerios, siempre he reído de esas típicas historias: "¿Sabes? ni te imaginas, iba bajando las escaleras del supermercado y no sé que pasó, pero cuando vi a ese tipo, salieron de su capullo todas las orugas y se apoderaron de mi estómago", "Oye, mira, ¡mira! ¿lo ves? él es, siempre lo supe".
No creo en lo superficial.
Pero hoy, pensé durante un par de minutos que nos conocíamos desde siempre. Es raro todo esto, me siento como la Paula de hace diez años atrás, esa que se enamoraba de las sonrisas.
Sí. Existe este tipo de "encuentros" y tal vez, no son una mera casualidad.
Los minutos también sonríen, y recuerdo y me río. Qué patética.
- ¿Hola?
...
Continuará.
Jajá, lo sé, lo sé.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Brindemos.

Destapemos la botella y descorchemos la vida, dejando que rebote contra el techo, y se derrame en la alfombra impoluta.
Estiremos los brazos al cielo, ¡hagamos un salud y traguemonos la luna!
A dentelladas le sacaremos la boca a las estrellas. Hambrientos. Sí, tan hambrientos.
El cielo cae inexorable, nos envuelve y la noche rebosante de oscuridad se mezcla con los cuerpos, celestes, de tanto tinto.
¡Salud, por la luna!
Que no se apague tan pronto.
Es así, los locos andamos propensos al amor, a la paradoja, al sueño de una noche de verano. El papel afila sus uñas. Y mi carne se hace nudo. La sangre se hace hebra, un ovillo que rueda sobre el pavimento.
Por eso, me desvisto aquí.
Y mi piel la dejo en el perchero, mi cabeza en el sofá y me saco los pies, para que descansen mis zapatos.

Paradojajajá.

De mi boca salen peces amargos y pájaros ciegos escupiendo colores, elefantes morados y nubes sordas, gusanos gigantes y perros inmundos. Siento el aliento del cemento que me toca el cuerpo y lo detesto. Es éste el tiempo de los enfermos. Huelo las grietas, invento el silencio, le hago un nudo en la garganta para que deje de gritarme. Mis oídos son sinónimo de olvido y, el silencio su peor enemigo.
¡Más agua para el ahogado, más cuerda para el ahorcado!
No elegí este corazón, por eso, creo que entre más cerca de la acera perezca, mejor. Me mira y me suplica que no lo arroje al suelo, no le gusta el pavimento, tampoco las sabanas; pero ese pedazo de carne tiene que estar pronto bajo tierra, por eso me lo arranco, por eso lo escupo y lo pisoteo. Así será su muerte porque así lo quiero. Así será, enorme, atroz y lapidaria como la muerte ajena.
Mis letras son las venas de un cuerpo mutilado. Las palabras se astillan, como costillas por el raspar de una navaja. Se encogen y se ablandan hasta alcanzar textura de algodón -sin azúcar-.

jueves, 22 de mayo de 2008

Junio.


Miraban un atardecer desde el último piso de un edificio. Él dijo: "¿Volvamos?". Ella asintió con una tenue sonrisa. Inesperadamente, se arrojó por la ventana.
"Volemos", habría escuchado ella.

Nunca he tenido ambiciones, pero debería tenerlas. Hay gente que vive tras su Moby Dick, tras Don Quijote y los Picapiedras. Yo vivo en un mundo centrífugo. Pienso que el 99% vive de forma inconsciente como animalitos, que, a medida que crecen, adoptan los comportamientos necesarios para relacionarse con el resto del rebaño. La animalidad humana me desespera. Detesto la gente que dice sí porque sí, que se mueve, que se adapta a las diversas formas del vacío. Yo no me adapto. Los envidio por su simpleza, envidio la capacidad que tienen algunas personas para sonreír facilmente, para empezar una conversación, socializar en la micro, en el metro, que conversa con el vecino y con el señor de la panadería. Yo tengo que ir al médico y no tengo ganas de hablar ni con el médico, de explicarle, de describirle mi yo enfermo.
Reconozco que tengo facilidad para ocultar (algunas) cosas que me duelen, transformarlas tal vez, en ganas de dormir, de apagarme, de drogarlas, embriagarlas. Me irrito y me derrito, me idiotizo, espanto a la gente. Las causas perdidas. No asumo nada. Es que tengo poca suerte, pienso. Estoy confundida. Es necesario que deje de ser invierno, es necesario que sean las vacaciones de fiestas patrias, es necesario que sea la navidad y el viejito pascuero me traiga lo que prometió parece que en chiste, pero le aclaro que la pataleta fue en serio.
¿Es de alcohólicos desear un ron el miércoles a mediodía?
Rasca y desubicado.
Pero a mi me da lo mismo.
Como diría Fulano: "¡A quién le importa!" .

Sigo sin entenderme. Son las siete y mí café sabe a ventana.
La lluvia huele a libro añejo.
Y las manzanas ruedan por el techo.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Gris.

Me asusta mi propia vulnerabilidad. Me asusta lo poco que soy, lo que trato de ser para complacer a quienes quiero. Tengo miedo de todo cuanto haga se torne errado. Y termine haciendo daño, en vez de fortalecerles. Me pierdo entre las palabras que pensé ayer y jamás salieron de mi boca, las mismas que pienso hoy; y me las trago. Lo que quiero decir se esconde en mis bolsillos, termino perdiendo lo esencial, lo que es real; a cambio de lo que se construye tras mis párpados. No es bueno, lo sé. Pero estoy perdida. Perdida entre lo que creo y lo que es. Perdida. Hoy no cabe nada más en mí, que una pena que deshace, destraba y desbarata cualquier corazón. La misma con la que necesito descifrar, lo absurdo e irreal en mí. Y lo que destroza mis sentidos.
No quiero seguir derramando sensibilidad ni seguir escondiendo lo que parece obvio. Estoy harta de albergar hasta lo imposible en un saco que no resiste el peso de su propio silencio. El tiempo se torna lento, pausado y violento.
Y es así, el viento nos dibuja en la esquina de lo cotidiano; la noche vuelve en una mañana y se queda. Nos aturde, haciéndonos creer que lo más complejo se torna sencillo entre nosotros. Son recuerdos que duelen, pero abrazan la vida en silencios. Rasguñan el alma, nos hacen temblar, correr, correr, bajar las escaleras y no volver a subirlas jamás. El cielo se tiñe de un tono enfermizo, casi denso. Los sonidos que antes eran imperceptibles, hoy se suspenden en el aire, como murmullos disipados, que al moldear palabras se tornan burdos, ruidosos y extenuantes. Se transforman en una especie de hielo suave, que sucumbe a la oscuridad más leve. Y es que a través de estas venas, no derramo más que palabras y versos confusos, historias que no conocía, y que son casi mías. Bombean mi vida, me absorben como un líquido lento y doloroso, que dispara, ardiendo entre los lugares más débiles del cuerpo.
Desearía tener la profundidad del mundo en mis manos, un segundo. Asegurarme un lugar en este charco. Tornarme más liviana. Acometer mi locura impalpable hacia un fondo que se niegue a surgir. Un fondo, en el que de vez en cuando, las palabras llegan, arrastradas, desembocando sobre unos labios que ya cansados de la razón, se niegan a hablar. Y callan. Porque desde hace un tiempo, que las horas se cuelgan en mis brazos, en mis letras y en todos los espacios. Desde hace un tiempo que el reloj me odia y me mira y se burla y se vuelve a reír de mí, quién sabe por qué, quizás porque no quepo más que en mi propio reducto.
Y es que en poco tiempo, se aprende que la angustia profunda y permanente, respira como una criatura viva. Que nadie quiere oír. Ni tocar. La vida exige una buena dosis de ella; pero nadie la acepta, nadie la vive. Cuando llega llega aunque nadie la invite. Eso es siempre. El dolor es uno, pero en muchas partes; y todos sentimos y lo sentimos de manera diferente, nos quiebra, nos despelleja, hace que nuestros dientes se tricen de impotencia y de rabia, hace que la marca de nuestras uñas quede tatuada en nuestras palmas, nos desgarra las entrañas y termina por pudrirnos.
Quizás después de todo terminemos pensando que la vida es en colores o tal vez en blanco y negro. Pero hoy aún el tiempo en mí, es gris. Alma gris. Manos grises. Letras grises. Sueños grises. Y un corazón gris, que me ha escogido, aunque yo no lo quiera. Y todo es gris. Ahora sí creo en los matices.
Y me escondo tras las letras.

lunes, 12 de mayo de 2008

Misantropía.

Son sólo síntomas, me están empezando a asustar estos seres (no)vivientes, se (auto)destruyen, y nadie les dice nada; se comen, se matan, se flagelan, se mutilan, se aniquilan y se mastican. Se intoxican, se drogan y se estimulan; luego se vuelven a matar. Creo que me estoy pareciendo un poco a ellos. No sé. Aún no entiendo su idioma, creo que soy una extranjera. Pero me invitaron a su planeta y acepté. Cuando llegué me miraron como bicho raro, pero no me importó, total, los bichos buscan bichos y comen bichos también. Viven bajo la tierra, en las alcantarillas, bajo los puentes y arriba de cartones. Se domestican unos a otros, luego se adaptan. Bajo no sé qué precepto pero lo hacen. Me dijeron que a penas llegara aquí, tendría que estudiar en un colegio, ser el mejor bicharraco de la comarca, luego entrar a la universidad, una buena universidad por cierto, la mejor de la charca, tener un trabajo bien remunerado, comprar una casa, ojalá en un buen barrio, con un auto del año, ojalá el más caro, tener muchos hijos, y todos sanitos por supuesto. Levantarme temprano, tomar desayuno, manejar con cuidadito porque claro, la licencia no ayuda. Ser puntual, responsable, amable y respetuosa, toda una dama frente al jefe. Hacer horas extras y quedarme hasta la hora del pito en la oficina. Luego llegar a mí hogar, dulce hogar; prepararle las mamaderas a Fulano, Mengano y Zutano, darles un besito de buenas noches a cada uno, taparlos bien para que no se resfríen. Ir a la cama. Soñar que la lava ya me alcanzó los pies, y pronto se viene otra erupción.
Creo que mejor me voy a mi planeta. No existen los humanos.

domingo, 11 de mayo de 2008

Beautiful world.

Quiero que todos los días sean viernes, quiero bailar en la mitad del Paseo Ahumada y que todos se rían de mí cara demacrada, quiero tragarme las micros y los autos y después vomitarlos cuando el semáforo esté en rojo, quiero correr hasta la botillería de la esquina, y que me atienda ese viejo hediondo a meado y a vino rancio, para que me muestre su sonrisa sin dientes y me ría de su cara de alegría, de alegría fingida. Quiero bajar y subir las escaleras del metro, sin detenerme en las miradas angustiadas y deprimentes, sin ver al ciego cantando, ni al pobre que pide limosna, sin ver a la señora que pide algo para el pancito mientras sus hijos juguetean en el andén. Me deprime ver la cara del chofer de la micro, suspirando cada cinco minutos, dándole puñetazos al volante, desesperado soñando con desvíarse del camino, desesperado esperando algún día salirse de la rutina.
Todos los días veo y bostezo con las mismas caras: la vecina, la señora de la carnicería, el escolar, el viejo verde, la empleada, el músico, el universitario, el señor del banco, el guardia de la farmacia, la profesora, el indigente, el pobre y el abogado sin auto. Y todos los días me bajo en el mismo lugar, y todos los días leo el diario; entonces me río de las noticias que, obviamente, le suben el ánimo a cualquiera; eso debe ser quizás por eso todos andan felices. Siempre he dicho lo mismo, este es un mundo hermoso.
Parece que es mejor caminar por Santiago sin audifonos, así se siente la ciudad, así escuché el otro día sus quejidos, gemidos y latidos.
En fin, ni yo me entiendo.
Chao pescao.

lunes, 5 de mayo de 2008

Tres vocales.

¿Otra vez? ¿Esta y cuántas más? Parece un chiste esta cosa, y de mal gusto. Nunca me han gustado las despedidas, pero esta tuvo algo especial, un no sé qué. Y es que así pasa, cuando no lo esperas aparece y cuando no lo buscas lo encuentras. No esperé que todo fuese tan rápido, así, de zopetón. Pero tengo rabia, porque nosé, no quería sentir eso de nuevo; y yo que pensaba que pasaba una sola vez; claro que si pasa dos veces, pasa tres y cuatro y cinco y muchas más ¿o no?. Pero esta vez no quiero que pase, osea, no quiero perder la oportunidad; pero siento que quizás sea mejor dejarlo ir. Detesto no tener fuerza de voluntad. Peor aún si quiero dejar de pensar en aquello y te veo siempre, y no porque realmente así lo quiera; sino porque transitamos la misma calle, las mismas plazas y los mismos cafés. Si hasta en la micro te me apareces, en la calle, en el semáforo y en el subterráneo. Y no es paranoia, no es que esté alucinando, es cierto mis ojos te gritan. Pero bueno, como todo comienzo tiene final, un abrazo fuerte y un beso de esos de película no vendrían mal; un chao y hasta (luego) nunca. Fue tarde, no sé la hora pero sí el lugar, nos juntamos en esa esquina, la que tenía miradas, garras y colmillos, hasta fuego le salía por la boca a la maldita; después caminamos por la alameda, subimos las escaleras, y mientras tu mirabas tú relojito yo rodaba por la escalera eléctrica y me despellejaba y rompía los huesos y el corazón de nuevo se me salía por la boca, siendo pisoteado por todas esas suelas burócratas. Te esperé dos horas, que en realidad fueron cinco minutos, llegaste y no pude evitar decirte lo que tenía planeado. Pero de nada sirvió. Mí corazón lo vomitó todo, hasta las últimas arterias, tu camisa quedó llena de sangre y hasta tus zapatos se salpicaron. No hiciste más que sacudirte y la sangre cayó al piso, como polvo, como un poquito de tierra. Estabamos sentados, sólo un par de veces me miraste a la cara. Esos ojos cafés salían corriendo por tus mejillas cuando veían los míos, la persecusión no terminaba nunca. Después de todo, llegó la hora de la despedida. Buena suerte, sé feliz. Me fui, mire hacia atrás y no estabas, era imposible. Te esfumaste. O tal vez nunca exististe, yo creo que eso debe ser, nunca exististe. Pero esto terminó, no te invento más: arranco la página, no te dibujo más sobre el pavimento, no más escaleras, no más plazas, no más calles, no más amantes. Chao amante imaginario, la Paula se cansó de tu perfección imperfecta, eres demasiado vulgar y ella quiere un caballero que la haga soñar. Chao. Chao, chao y chao.

martes, 29 de abril de 2008

Losopil.

Hoy temprano, me observé y analicé frente al espejo. Tenía rastros de la presa devorada esparcidos por todo el cuerpo, aún quedaba sangre fresca en mis colmillos. Hambrienta y exhausta después de la persecución, saboreando los restos de las entrañas, lamiendo las gotas calientes que expulsaba el corazón palpitante del animal sometido a la asfixia de mis brazos -y piernas- pidiéndome un poco más de oxígeno. Pero sonó el despertador. Y llegó la luz del día derramándose insolente sobre mis ojos, y me negué a abrirlos, hasta que la realidad que detesto se iluminó con toda su gracia. Me pintó de gris, me dejo instalada en mi (in)humanidad y salió para saludar al resto de los minutos.
Creo que empecé con los sueños premonitorios de media estación, ya no hay nada por qué mascarse las uñas, el tiempo se acaba, se desvanece, huye inquieto; y no sé a qué lugar.

Paranoia.

Estoy segura que así fue, estoy segura de haberlo visto, de haber visto esa mirada; esa que me hacia pensar que el futuro tendria el color de sus ojos, el brillo de su pupila, la sombra de sus pestañas, la direccion de su ceja; esa que me haría pensar que dormiria de ojos abiertos tragando estrellas por la boca. Lo vi, y puedo decir que lo contemple esos segundos en que el y su intruso cuerpo intervinieron mi paisaje, cuando se detuvo el tiempo y el viento soplo frío en mi cabeza. Y lo deje pasar, murmurando un beso de primavera que le alcanzara en el silencio de la noche, sintiendo que su recuerdo por fin había dejado de doler, y que yo podia existir junto a él en esa misma calle, ya sin sangrar porque no hubo tregua capaz de aplacar la distancia. Mientras caminaba hacia su propio destino, yo tragaba el sol congelado que se metia por mis venas, clavando sus astillas diminutas en mi carne aún dormida. Y abusé de la im-perfeccion de su boca una última vez, deseándola, viviéndola, humedeciéndola con mi propia mirada, queriendo robarle al tiempo ese segundo de eternidad para poder dibujarlo con tinta, mientras mi mano borracha de sangre dibujaba circulos en las paredes que se miran y silencian las demencias que gimen los suicidas fracasados. Él lo sabe.

Suprimir.

Los días pasan con una lentitud desastroza: pregunto la hora, veo que amanece y amanece y amanece a cada rato, que la noche se hace nada. Ahora mismo debería estar durmiendo, pero no. Algo me molesta y no tengo claro qué es. Y escribo sobre algo que sí sé que es, y que me molesta particularmente hoy, pero luego lo borro porque creo que es (grave y) peligroso, y me siento (desgraciadamente) perseguida, perteneciente a algo que no quiero pertenecer, y en realidad no sé cuando voy a recoger todo eso, eso de mí que se me quedó olvidado quién sabe donde, esos retazos de tiempo que quizás se esfumaron y ya no están. O tal vez los tienes tú; lo digo por los segundos que vi brotar de tu mano derecha.

Dos y cuarto (?).

Tengo todas las noches y traigo todos los deseos y me ahogan las risas y me pudre la maldición. Y aquí estoy, con mis fantasmas que llegan como sueños (y en sueños) con sus rencores fríos; pero les pongo la escoba tras la puerta.

domingo, 27 de abril de 2008

Dos y medio.

Confundí lunes con viernes. No sé si fue el destino o una mera coincidencia, pero sucedió. Tomé la micro de rigor, y me bajé en el lugar de siempre; pero no a la hora de siempre. Terminaba una canción y empezaba otra, justo esa canción, tú sabes. Hacía frío y mis manos temblaban, estaba recordándote. Caminé hacía la esquina, el semáforo me miró con odio hasta que dio luz verde, entonces caminé impaciente, sólo pensando en pisotear y escupir la maldita Alameda, pero no alcancé a llegar al otro lado cuando creí escuchar que gritaste mi nombre; miré a todos lados y claro, eras tú. Aún no lo entiendo, quizás si me hubiese bajado un minuto antes de la maldita micro no te habría encontrado, tampoco si el semáforo hubiese cambiado el rojo por el verde un segundo después o si hubiese demorado un poco más en tragarme aquél amargo café. Maldición. ¿Cómo en una calle tan larga y en una ciudad tan grande, siendo tan ínfimos, nos encontramos? Santiago nos obliga, eso debe ser, eso TIENE que ser. Justo en ese puto segundo, justo cuando sonaba ESA canción, justo cuando iba pensando en AQUELLO, escuche mi nombre. Miré, buscándote, encontrándote; ahí estabas. No hicimos más que mirarnos, yo en silencio grite tu nombre, pero tú seguías gritando el mío, triturando mis oídos. Maldición, otra vez. Di media vuelta y seguí caminando, sabía que aún estabas ahí pero no quise mirar. Toqué el cielo y luego el suelo. Maldición, nuevamente. Siempre lo supe, esta vida es una película sin cámaras, somos los actores sin escenario. Somos los mimos que nunca callan. Traté de pensar en cualquier estupidez, para que ese minuto diera paso al siguiente y así sucesivamente. Pero no, nada de eso funcionó. Me agarré la cabeza y me arranqué las neuronas una a una. Te maldije y no pude evitar reírme, es que realmente lo encontré absurdo. Parecía un chiste, de esos crueles; quizás una comedia o el final de la teleserie. Entonces volví a mirarte y sonreíste. Pero ya era tarde, el semáforo nuevamente se burló de nosotros y te fuiste. Entonces ahí me quedé, sin saliva y con el corazón en los pies, sangrando frente a mí, llorando el pobrecito; suplicándome que por favor le hiciera caso, que dejará de pensar en ti; lo recogí, le quité el polvo y lo puse de nuevo en su lugar. Pensé que si volvía a pensar de nuevo en ti aparecerías tras la esquina, con tus pasos lentos como hace casi un par de vidas. Anduve sin buscarte, pero sabía que andaba para encontrarte. Sabíamos que tarde o temprano nos encontraríamos, lástima que fue demasiado tarde.

sábado, 26 de abril de 2008

Tres.

Todo es como si ayer no hubiese sido nunca. Mi reloj es una lágrima y parece que sangra, por las horas como siempre. Todos están tristes. Un poco alegres. Un poco enteros. Un poco partidos. Un poco en otra parte. Un poco ausentes. Pero sobre todo un poco vivos (a veces).
Mi palma está abierta y sangra como la noche, como una flor que se marchita. Mis manos están frías, como un temblor esperando aquel sol escondido, en mi cobarde paraíso imaginario; matando la ilusión enferma del que calla y no espera, del que calla y no quiere esperar. Así son las esperas, se hicieron bajo excusa, con un buen motivo; para llorar a gritos y no inspirar demencia. La soledad suele dar forma a los sentidos, a veces de luna y de espejo, así me abandono y así escribo, así te escribo.
Te me apareces en todas partes, como la muerte quizás, desechable. Aquella muerte que me permite nacer mil veces y morir otras más.

Cuatro.

Desde hace dos horas los números, el tiempo y los minutos me persiguen, otra vez la paranoia. Malditos. Que se vayan, púdranse, que se los trague mi cuaderno y los mastique la pared. Los detesto. Sería todo menos complicado sin esos malditos dueños del reloj. ¡Jajá! signos. Otra vez, otra vez.
Detente mujer no eres la única, a mi también me pasa, queda poco tiempo, quedan pocos días. ¿Ha pasado sólo un mes, y sientes como si fuese una vida? Tranquila mujer, tranquila. Sigue masticando tu cigarro y tu copa de vino, que los niños corran y el perro ladre; el tiempo sabe lo que hace, el tiempo lo quizo así. Volverá, lo sabes.
Al fin y al cabo, el tiempo lo cura todo; menos las heridas.

Cinco.

Nada se compara, siempre lo supe. Fue una idiotez pero de las mejores, esas que después de haberlas repetido una y otra vez, durante toda la vida, se vuelven a tejer. Quisiera tener la fuerza y voluntad que muchos tienen pero mi caso, es un caso perdido. Me di cuenta tarde que es absurdo todo esto y siempre lo fue. Hay cosas que siempre son, pero no nos damos cuenta y pensamos que nunca fueron. Quiero ver como ese maldito y repugnante lugar se derrumba, quiero que empiece la guerra. ¡Quiero ver las cenizas!
Voy a quemarlo y veré que me dices.
Es imposible que sepas a qué me refiero, porque todas estas palabras, como dijo la artista incipiente que me encontré anoche, son bisturí. Cortan, duelen, hieren, dañan, abren la piel. Después con un poquito de alcohol se curan, claro. Hay personas que también son bisturí, sólo vienen a abrir lo que ya estaba cerrado y otra vez lo dejan abierto, y vamos poniéndole y poniéndole, metiéndole mierda, y entre más se llene mejor.
Sucede que me harté, me cansé. Pero no importa Paula, tranquila; mañana es otro día y volverás a cometer el mismo error. Y quién sabe si fue un error, quizás fue lo correcto.

lunes, 14 de abril de 2008

14 + 4

De no mucho me sirvió levantarme hoy; tampoco, me temo, escribir estas líneas. No sólo soy una llorona novelera, sino también una lombriz que se arrastra por la tierra y se hunde en ella cada vez más. Soy capaz de sonreír sin agonizar, y de conversar sin estrangular. Y bueno, si me dan más recetas para la "odisea", háganmelo saber antes de que me de la pereza.
A la chucha, al carajo, a la mierda, al Diablo, al judío, al santo, a la perra; maldigamos todo antes de que nos maldigan en serio. LLenémoslo todo de escoria y diamante. No me importa si mañana estará despejado o nublado, no me importa diferenciar entre el saborear o vomitar, me conformo sólo con saber dónde respirar.
El día de hoy, fue volver a la Inquisición, fue peor que encontrar ají en el café, tan comparable a lo peor del Holocausto, sin prueba ni fiasco.
Nadie lee, nadie se informará, nadie se indignará.
Durante toda la Historia, ha ocurrido lo mismo. Monjas drogándose con anticonceptivos y putas que van a misa todos los domingos, simplemente, a pedir perdón. Mátenlas, dijo Cortázar. Estas monjas sin cabeza, viólenlas. Estos niñitos hambrientos, engórdenlos. Lutero suministró pan y vino rancio a la Iglesia. Mis padres me regalaron LA Humanidad y me quitaron con sangre los números. Yo me dispuse a mear la felicidad, formando chorritos con la tierra, bamboleándome y creando caminos de papel; creyendo que nadie más hará eso. Soy el esperpento de las comedias locas. Me aburren los capítulos románticos, son como las mañanas de esta ciudad; se escuchan las bocinas y la ambulancia que lleva al muerto vivo, el Sol, el agua hirviendo, las tostadas crujiendo y las sábanas gimiendo. La televisión no hace más que alimentarme la ira.
No quiero contacto, palabras, boca, nada. No quiero escuchar, no quiero oler, porque huelo ese maldito perfume en todas partes y se me congela hasta la sangre y mi corazón late cinco mil trescientas cuarenta y seis veces por segundo. Me tiemblan las manos, no me coordino y mi voz se distorsiona como la noche del vagabundo que no tiene ni calles ni zapatos para andar. Caminé hasta la estación más cercana, y me hundí en el mar de gente, vi como fluía aquella masa por las escaleras, como nadie se miraba, como nadie se sentía. Quise cerrar los ojos un segundo, sólo pestañar y, no pude. Vista, gusto, olfato, oído y tacto. ¿Sólo con eso se siente?
Bajé las escaleras, tropecé con los ojos de un ciego, rodé hasta el andén, mi pellejo quedó como prueba de aquella caída y la estación se tiñó de sangre, el olor a rosas podridas se arraigó en el lugar. Me levanté. Di media vuelta y subí las escaleras cojeando, arrastrándome, arrancando. Quise encontrarlo, una vez más. Mirar sus ojos, arrancárselos, triturarlos; destriparlo, quemarle las entrañas. Con un alicate sacarle las uñas y ponerlas a freir; cortarle los dedos y dárselos a los perros como alimento, con mis propias manos asfixiarlo, hasta que me pida de rodillas algo de oxígeno. Es que lo odio tanto. Lo odio tanto, que quiero ser la única que presencie aquella muerte. Quiero ver su esqueleto, con un par de nervios y tendones temblando frente a mí. Mientras yo me afirmo la panza para que no se me caiga de tanta risa, de tantas carcajadas. Mientras la burla se me sale por los poros. Y el último cigarro lo apago en sus pulmones, dejándo una cicatriz; porque a los pobrecitos, obviamente, los dejé remojándo en la taza del baño público del paseo Ahumada.
No sé cómo odiarlo. Pero lo odio.
Quiero vomitarle en la cara.

Circunstancias.

Me he cansado (mil veces) de lo circunstancial, de aquellas ocasiones que sólo ocurren gracias a una simple circunstancia, algún hecho en particular o alguna necesidad.


"¿Te quiero, porque te necesito
o
Te necesito, porque te quiero?"


Es muy difícil hacer(se) la pregunta pero, muy fácil encontrar la respuesta.


viernes, 4 de abril de 2008

Polisindetón

¿Cuándo crece uno se hace inmune? , dejo atrás el famosillo cliché "lo que no te mata te hace más fuerte". Yo pienso que cada vez, me pongo más sensible, más débil, más llorona. Y es verdad. No sé ellos.
Quizás inmunes sean algunos, en distintos niveles, pero inmunes al cabo. Tal vez yo sea la excepción. "The big tourist". Más aún en este país que tiene un "poco" de todo; un poco de hambre y un poco de cesantes y un poco de pobres y un poco de ladrones y un poco de drogadictos y un poco de depresivos y un poco de alcohólicos y un poco de prostitutas y un poco de violadores y un poco de estresados y un poco de smog y "algo "de locura que aún le queda. Poco de eso y yo tengo mucho de aquello. Hay gente que le teme a la pobreza y a la muerte y a los amantes y a la iglesia y a los fantasmas y a las muñecas e inclusive a cruzar la calle; son (me incluyo) fatalmente amargados, tristes, una lata. Habiendo tanto tanto por ser feliz, tantas películas, tantos libros, tanta gente, tanto estimulante.
¿Cómo puede amargarte la falta de algo que ni siquiera sabes lo que es?

No sé. Responde, contesta.
Chao y buenas noches y hasta pronto y hasta luego y hasta mañana y nos vemos y saludos y adiós y hasta nunca y hasta siempre y rgate y andate y vete y me voy y no me fui y aquí estoy, pero no.
Ahora sí.

miércoles, 2 de abril de 2008

En blanco.

Quiero mucha saliva hasta no ver la salida sé lo que buscas roza con tus dedos y dime sin peros que siempre seremos mientras nos toquemos con golpes serenos en sinfín de terrenos que el alma nos dará para querernos mientras se fundan nuestros cuerpos a través de recuerdos que mi pupila mira como cuentos que sólo son inventos (sin pausas sin detenernos sin comas ni puntos sin pensar sólo sintiendo).Es mucho más de lo que imaginas.
Presiona desde el comienzo, arrastra, lee, siente y termina.
No me preguntes nada.

jueves, 27 de marzo de 2008

No tiene sentido.

¡Desaparece maldita bastarda, muérete, púdrete!
¿Qué haces aquí?
¿Qué mierda, haces aquí?
Lárgate, vete y no vuelvas, nunca más, ¡NUNCA!.
¿Oíste?
¿Que acaso no entiendes?
Estúpida, imbécil, idiota, inútil, ¡márchate!
¡DESAPARECE!
Debiste haberlo pensado antes ¿No?
Ya es tarde.
No hay arrepentimientos.
Maldita seas, te odio.

C'est la vie.

Llego arrastrando los pies y gateando entro a la cocina; acto seguido, un vaso de jugo directo a la vena, una dormitada de diez minutos infinita, grandiosa. Me siento, lloro, escupo, golpeo, destrozo, trituro y pateo. Me río.
La maldita poesía dolorosa, patética, irritable y divertida de una noche, es la culpable. Mientras muchos duermen, yo me deleito recordando los rostros pusilánimes y desdichados que vi caminando por Ahumada a las seis de la tarde.
Quizás demasiado café no me deje dormir. Me duele un poco el estómago y las yemas, pero nada más. La espalda me pesa un siglo; y un par de años más los brazos. Anoche me preguntaron si tenía hora, pero resulta que no tenía reloj, ni ganas de alzar la cordial boca.
Son las siete y media, mi lápiz imaginario sangra en charcos de libros sin letras, y yo contemplo desde mi cama sin colchón la mesa sin patas, el cuaderno sin hojas, la muñeca sin ojos; intento respirar, pero siento mis pulmones sin aire y mi corazón sin sangre, el cuerpo sin alma y los dedos sin ganas. Mejor le digo a mis pies "vamos pequeñines, suban las escaleras con mermelada, a ver si se caen de hocico a tal adorada cama".
Buen día, señor(a) lector(a).

Película de taquilla.

Es horrendo tener que ceder. Es triste tener que ver la guillotina una y otra vez sin limpiar. Es ruin tener que siempre ser espectador de un mal estreno, donde no te venden palomitas ni trailers, sino desdicha y una sed enfermiza.
Hay un hermoso pincel que traspasa la barrera del atril, del sonido y de los gritos. Hay ciertas cosas que no deben cambiarse. Hay sentimientos poderosos que no pueden morir, no deben. Si antes fueron los vampiros y las brujas los miedos de los niños, ahora son los celulares, las navajas y las pastillas de la débil abuela acompañadas de un chillido.

martes, 25 de marzo de 2008

5:30

Ibamos por la vida como dos polillas sórdidas, como dos picantes sublevados, bailando el tango de los amantes, bañados en la salsa blanca de nuestros días, en la crema caliente de nuestros corazones pegajosos, la que se ha revuelto día y noche sin parpadear, nos ha hecho comer sin titubear y nos ha deleitado con amor sin holgar.
Son tus palabras, tus versos mezquinos, tus piernas de azúcar y tu espalda forrada en néctar, tus manos con el cigarro famélico, tu chaqueta negra con su poderoso perfume, lo que me ha hecho sucumbir en una cama con migas de pan y restos de café, cual prostituta en un burdel.
Hagamos silencio, que no hay que despertar a los cuervos, a las brujas otoñales, a las abuelas de ladrido de manjar enfrascadas en destruirnos o destruirse, en querernos o dejarnos querer. Qué importa, pequeño gran hombre. Mis ojeras me desgarran y los dedos me palpitan, las piernas me tiemblan y mis dientes crujen y se trizan. Aquí estoy, soy todas las palabras que ignoraste.

Es la hora.

¡Eso es!
La radiografía cínica, la lasaña mal cocida, las tazas mal lavadas y el limpia vidrios eterno.
Quizás las fiestas grotescas y el vodka obligado, las orgías de cigarros, de zapatos chocando y de sudores en ensaladas. La teleserie sin fin y la película sin comienzo. Eso debe ser, todo cambia. Incluso los televisores.
Los niños ven la inocencia inocua y la tierra sin preservativos, contra la indecencia y la pereza, contra el sano y el insano, contra el payaso y su McCombo antropófago, contra la guerra y las malas lenguas, contra la verdosa envidiosa y la ignorante, ya los Tiempos del No-tiempo están tan insertos como quien devora el salmón de los domingos o como quien mordisquea las copas de tinto.
La tele era en blanco y negro, ahora es con surround y multicolor, pero más adelante será en décima dimensión. Han descubierto el agua tibia, que el fuego quema, que la lluvia moja, la música suena, la piel toca, el ojo ve
, los labios castigan, el sexo inspira. El Tonto es Tonto y el mundo de verdad era redondo.
La risa es intermitente, porque los Tiempos del No-tiempo están aquí. La carne es masticada sin pavor.

Naranjas verdes pero maduras.

Observo, desde el sillón, a los robots de sangre fría, las mamás en conserva y los hijos en botellas, el mundo es como siempre me lo tejió mi abuela: una naranja espumosa y jugosa, o bien una cama de púas sobre una alfombra de sanguijuelas y cuerpos en pedacitos, o tal vez sabanas atadas a falsos coloquios y vetustos recuerditos. El teatro griego pocas veces se da. Se miran los actores, las palabras de plástico, los besos sintéticos, la apatía y simpleza, los taxistas y profesores, los ejecutivos y doctores. Se mira el mundo, pero no es como las naranjas…
Las naranjas se comen, se chupan y exprimen, pero no así los corazones que beben, usurpan y conciben. En las vitrinas se ven las poleras de Trainspotting o bandas de sexo blando y guitarra de insomnio, las puñaladas en promoción y las mentiras en liquidación. La leche se vence y las aspirinas se acaban. La cama de púas es similar, pero es la que tenemos siempre dentro. A la guillotina, a la guillotina, reclamaría una turba francesa en harapos. Van Gogh se cortó la oreja a propósito, Kurt no se suicidó, Jesús siempre fue homosexual, la luna siempre estuvo habitada y la discoteca nunca estuvo muerta.

Si la señora saca la champaña, nosotros sacaremos la verdad (la de ayer, la de hoy), la de vino tinto y fastidioso, la de caminos de serpientes. Pero ella no sabe que el humo de esperanza jamás se apaga, no con su risita de payaso, ni con su burla empedernida, porque no todos pelan la naranja de similar forma, no todos saben que es redonda. Ni Freud ni el Principito se lo contarán, tampoco Tom & Jerry, menos yo. Porque la cama de sanguijuelas y la naranja espumosa son los dos lados de una misma y apasionada historia.

No vaya a perder la cabeza.

El cine mata; pero el amor, también. Pianos derretidos y violines con semen seco, es ésa la vista preciosa. ¿Jajá?. Ironías.
Usted, sí usted.
Se come las uñas y se mordisquea las orejas; el vino y la cerveza hacen lo suyo; se rasca el culo, se besa las palmas y dice adiós a la manteca rancia. Las mariposas salen volando, como el escupo del niño al vecino, como la patada de los ángeles al demonio; las mariposas vuelan por los aires, igual que los libros con scotch y saliva brillante, usted no calla. La gente habla y habla, hasta que no haya nada más ni nadie más por qué hablar, ni verborrear, ni desear, ni aniquilar. Como ventilador, en un vertedero. Lanza mierda por los cielos, y no importa a quién le caiga. Usted no calla. Le salen palabras y prejuicios hasta por los poros, le dan la mano y se toma del codo.
En su uni-verso todos se ven las espaldas, todos se rascan y se sacan los piojos, como lagartijas al sol, con un sol tan gigante y amarillento y radiante y caliente que se queman los pétalos. Y las orejas también, arden. ¡Jajá!

Alegoría sin alegría.

No sirve tener dos dedos de frente, tampoco un vaso de alcohol, ni fluoxetina o nicotina.
¿De qué sirve tener tanto Infierno alrededor, cuando se puede desear el Cielo en esplendor?. Se prende el televisor, se dilatan las pupilas, se troza el ajo, y se polvorea la nariz con azúcar flor.
La alegoría va y viene, como una mala erección, como el grito de la monja orinando sangre, con almuerzo de aletas de tiburón, con el deseo del señor burgues, sin calzón ni ardor, con sus ensaladas mustias y corazones lacios, de piernas desmayadas y versos necios.

lunes, 24 de marzo de 2008

Algún día.

Quiero rock.
Mover el piso.
Hacer cochinadas.
Comer helado de chocolate.
Poner música.
Correr desnuda.
Saltar sobre la cama.
Romper ventanas.
Prender la tele.
Lanzar libros a la calle.
Luego quemarlos.
Gritar.
Rayar paredes.
Lesear.
Drogarme.
Reírme.
Relajarme.
Dormir.
Despertar.
Escribir.
Hablar.
Y escribir
De nuevo.


jueves, 20 de marzo de 2008

Casi.

Casi yo, casi tú, casi hija, casi madre, casi hermana, casi amante, casi amiga, casi psicóloga, casi profesora, casi doctora, casi escritora, casi fotógrafa, casi cantante, casi bailarina, casi actriz, casi suicida, casi asesina, casi muerta, casi viva, casi feliz, casi triste, casi despierta, casi dormida, casi estoy, casi voy, casi vuelvo, casi caigo, casi sonrío, casi lloro, casi soy, casi sí, casi no.


CASI PAULA.

Siempre casi, siempre a punto, siempre nada.
Nunca todo.

Me gusta lanzarme por la ventana de mi casa cuando me dan ganas de volar, el único problema es que a veces se me olvida que sólo tiene un piso. Y así me pasa siempre, se me rompen los huesos, se me quiebran las uñas, se me trizan los dientes. Luego el alma se me sale por la boca y vuela doscientos metros más abajo.

Jajá, no lo tomes en cuenta.

Olvídalo.

Tuve un sueño tan, pero tan raro, que ni siquiera sé si realmente lo soñé o lo inventé.
Se suponía que era yo, pero en el sueño era ella y no estaba aquí, estaba allá. Al otro lado, pero acá. Bailaba tango con los aviones, miraba una isla desde las alturas. La verdad, no sé si estoy cuerda o esto parte de mí locura.
Ah, no importa.
Eran las tres de la tarde, luego las cuatro.
¡No!
Son las 5.
No importa la hora Paula, insisto.
Desperté.
Prendí la luz, busqué el control e intente prender el televisor, pero mi reflejo se deformó en la pantalla y mis ojos fatuos, se horrorizaron al verlo, entonces, salieron corriendo, huyeron.
Aún no los encuentro. Todavía no empiezo a buscarlos.
No pasaron ni cinco minutos, cuando sentí un par de golpes en la puerta. Claro, eran ellos, volvieron arrepentidos con las pestañas entre las cejas; jamás me quisieron decir qué vieron allá afuera. Descarté la idea de encender el televisor. Vi los libros, pero no; demasiada literatura, demasiados amores frustrados, demasiadas muertes. Demasiado tiempo.
Mejor duérmete, Paula. Dejate de bromas.
Eres una perdedora.

lunes, 10 de marzo de 2008

Insomnio.

Algunas noches como esta noche escalan por mi cuello y se detienen en la base de mi cerebro, y las muy patudas se quedan allí. Y claro, a las cuatro de la mañana ya es muy difícil hacerlas desaparecer. Probablemente sea un pequeño preludio a la muerte, algo así como un pre-calentamiento. Lo acepto. Entonces mi mente se vuelve como una película, observo al protagonista en un pequeño cuarto, fumando el último cigarro de su cajetilla. Esta no es una película larga: él deja el cigarro en el cenicero, y se acaba.
Luego estoy aquí otra vez, escribiendo desde mi cama. Fumando y viendo como todas las paredes de mi habitación se tiñen de azul.
La noche comienza a bajar por mi espalda. Y es lógico, después de once minutos la noche se aburre de existir y de esconder a ladrones, prostitutas, amantes y borrachos.
Me ha dejado en paz.

Esperar la muerte puede ser perfectamente apacible.

Coma y punto.

Pienso que a veces debería escribir unos cuantos poemas de amor, decentes claro; pero no puedo y ni siquiera lo intento.
Me dijeron que si quiero ser poeta no debo preocuparme por la edad. Sólo debo beber más tequila más y más tequila. Ir al casino por lo menos una vez a la semana y ganar si es posible, aprender a ganar es difícil, cualquier idiota puede ser un buen perdedor. Me hicieron entender que un sabor temprano de la muerte no es necesariamente una mala cosa. Y si creo que los sabios no se volvieron locos en habitaciones minúsculas como me está pasando ahora, entonces no estoy lista, debo beber más tequila.

Hay tiempo. Y si no hay está bien igual.

No es fácil.

A veces logro oír la muerte en mi reloj
pero poco importa
poca muerte
o poca vida
no es tan malo
al fin y al cabo
lo que cuenta es observar las paredes
yo nací para eso
por eso no olvido
el gusano que traicionó a su manzana
no olvido
los bares
la cárcel
ni los suicidios de los amantes.

De vida o muerte.

Ahora
en vez de ir hacia el tiempo
es el tiempo el que viene hacia nosotros
y son las palabras
claras
lentas
y contundentes
las que alimentan espacios vacíos
también a los vivos
no así a los muertos
ellos no necesitan aspirinas
pero sí lluvia
pantalones tampoco
quizás necesitan un lugar
no tienen zapatos
sin embargo caminan
no respiran
y tienen un cigarrillo
necesitan espacio
un lugar para arder
los muertos no me necesitan
ni los vivos
pero quizás los muertos se necesitan unos a otros
tal vez necesitan todo lo que nosotros necesitamos
probablemente todo.

domingo, 2 de marzo de 2008

Entre tiempo.

El último minuto, ese que se colgó de mi espalda, y mordió mi cuello. Ese es el minuto que recuerdo, el que se resbaló entre mis manos.

Jueves.

Es jueves, un jueves enfermo, un jueves cansado y desgastado; para él un jueves más, uno más del mes y de la semana. Claro, porque todos los días son jueves. Y todos los meses se llaman abril, y todos los días hace frío. Pero él sigue creyendo que este día o mañana o el próximo jueves podrán ser los días que él quiera, podrá llegar el día perfecto, con la dosis perfecta, escuchando la canción perfecta en el lugar perfecto, con la persona perfecta, bajo un cielo de color perfecto, con nubes de formas perfectas, en un otoño perfecto. Pero nada en su vida es perfecto. Despierta todos los días en el mismo lugar, bajo el mismo cielo, pero con menos estrellas. Se levanta y la espera. Ella no llega y si llega, llega tarde. Todo ocurre tarde. El día llega demasiado tarde, el abrazo llega tarde, y la caricia que podía ser perfecta llega tarde.
Pero nada de esto es cierto, porque hoy es domingo. Y no sé que quiero escribir, y no me importa, sé que es incoherente todo lo que pienso y quiero plasmar aquí; lamentablemente tengo nauseas, y quiero meter un lapiz en mi garganta para poder vomitar tantas palabras. Y no resulta. Ni mis manos se entienden, se enredan mis dedos tratando de conectar letras y signos para poder formar la palabra que estoy buscando, entre mis visceras.

lunes, 14 de enero de 2008

Señal de precaución.

Llegaba el miércoles, tenía un rompecabezas en el cráneo, escuchaba ecos, gritos que desgarraban mis oídos.
Sonó la alarma del reloj, eran las cinco a eme, el cielo era una boca de lobo que tragaba polillas multicolores y luego las escupía grises. Era tan difícil estar de pie, pero tenía que hacer el intento. Caminé hacia la cocina, preparé un café, luego otro y otro; prendí un cigarro, luego otro y otro. Busqué las pastillas, tragué una, dos, luego otra y otra. Eran las siete a eme. Busqué las llaves, y razón tienen cuando dicen que no encuentras cuando buscas, no las encontré. Salí por la ventana y volé hasta el departamento de enfrente. Bajé por las escaleras, arrastrando mi pellejo por los escalones, rompiéndome huesos y quebrándome las uñas. Eran las ocho a me. Tomé el bus. Monotonía, rutina y qué se yo. La señora del kiosko, el vendedor ambulante, el abogado que se quedó sin auto, el profesor apurado, la auxiliar del baño, la cajera del supermercado. Todos corrían arrancando del tiempo que ya los estaba alcanzando. No había espacio en ese lugar, se respiraba el aroma que tienen las calles de Santiago en los rincones por la madrugada, el olor del meado de los borrachos, de los retazos de ropa que visten los vagos, el olor a perro muerto, el olor del mercado central, el olor que queda en la calle cuando los ferianos se van. Los cuerpos se rozaban, se mezclaban sudores y las pieles se evaporaban a cuarenta y cinco grados, pero qué importa, después de todo somos humanos, nos adaptamos. Se detuvo el bus y me bajé, tomé un respiro me senté en la plaza, en la plaza de siempre; estaban los enamorados de siempre, los niños de siempre, los mismos juegos, los mismos arboles. Yo no era la misma, no lo soy. Mi piel estaba ajada, era cansancio, el alma se me había reventado por los pies, mis manos estaban grises, tenían tantas líneas como calles tiene Santiago.
Observé cada movimiento, cada risa, cada llanto, cada mirada en los ojos de aquellos niños; suspiré otra vez y luego otra vez. Prendí un cigarro y luego otro. Se hacia tarde, las hojas de los arboles estaban cayendo sobre mi cabeza blanca, los amantes se marcharon, las madres llamaron a sus hijos, me quedé en ese lugar. Busqué mi reloj, no lo encontré, no encontré el tiempo. Supe que se había ido, para siempre.

viernes, 4 de enero de 2008

Esto es de a dos.

Se arrancaron la piel lo más pronto posible, tan sólo un respiro y ya estaban desnudos. Estaban nerviosos, pues no era la primera vez. Ella mordió su espalda y tan pronto como pudo arrancó su carne, masticó sus huesos, escupió sus venas y nuevamente vomitó sus entrañas. Él no tuvo más que hacer, se acababa el tiempo y ellos también estaban acabando(se). Ella gritó tan fuerte que se trizaron sus dientes, apretó tan fuerte sus manos que sus dedos desaparecieron fundiéndose con el viento.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Sin puntos ni comas

Bukowski me aconsejó anoche y me dijo que fuera por el último vaso de whisky que se desangraba en la alfombra me preguntó por qué soy del tipo de persona que se ríe de las cosas de las que la gente normal nunca se ríe
pero qué se yo
a veces este tipo me marea
yo le digo que se vaya con sus putas y su botella
que se largue a la calle o que entre de nuevo a ese bar
que beba en exceso
le digo también que
toque
baile
mire
salte
corra
monte
coma
mastique
triture
vomite
que asco
que delicia
yo me como todas las comas porque tengo hambre de signos y señales
que nunca llegan pero
sigo escribiendo
y prendo un cigarro y fumo y vómito humo y me trago promesas irrisorias y muerdo el cigarro lo mastico lo trituro y lo escupo en la alfombra y prendo otro y fumo otra vez
pero la angustia sigue
me como las comas y los puntos
vomito preguntas
duele todo
me duele el futuro en el cuerpo
y fumo otra vez
y bebo
y me embriago en esta copa marchita con esta mezcla de sábanas sudores y rimmel
yo siempre siempre siempre
yo siempre me caigo de la cama
y
me tropiezo con el pasado
y sucede que hoy tengo ganas de escribir y escribir hasta (es)fumar mis uñas y desaparecer mis entrañas
y dicen que ella se parece a una de las putas de bukowski
y no quiero puntos ni comas

martes, 11 de diciembre de 2007

Ideal

Poeta, alcohólico, drogadicto y promiscuo.

Alguien que me enseñe a vomitar consonantes mientras padezca de nauseas literarias;
alguien que beba whisky todas las noches y ron por las mañanas,
alguien que tome pastillas para dormir, que sueñe con fantasmas,
alguien que beba café cada vez que respire,
alguien que guste de caminar por calles vacías y llenas de perros,
alguien que fume y fume y fume y fume,
alguien que viva abrazado a una copa,
alguien que tenga sexo tres veces por día,
alguien que camine sin destino, a veces hacia un bar,
alguien que sea adicto al chocolate amargo,
alguien que guste de leer tragedias y también comedias,
alguien que se burle de la gente pobre y desdichada,
alguien que no tenga una ideología política clara,
alguien que escriba sin razón,
alguien que odie al prójimo,
alguien que escuche silencio,
alguien que mienta,
alguien que deteste,
mutile,
aniquile,
desaparezca,
alguien
que
no
exis
te.


Alguien como
él y como él y como él.
¡Ah! y como él también.
Que tenga un poco de él, y de él;
que se parezca a él y un poco a él,
o tal vez un poco a ella.

La gota que derramó.

Y en la mesa estaban las botellas, como cadáveres desangrados. Me quedé sentada esperando un par de horas, fui capaz de mover la mano, me llevé otro vodka a los labios, conseguí inclinar la cabeza y lo bebí todo. Intenté dejar el vaso en la alfombra, me arrastré hasta la cama y esperé de nuevo a que me entrara el sueño. A los cinco minutos estaba dormida, como todos los demás.
Me desperté. Miré el techo, las grietas del techo; vi en ellas tantas cosas y tantas otras imaginé.
El sol entraba a través de la ventana, se reía de mí a carcajadas, me apuntaba y me escupía fuego en la cara. Tenía el cuerpo rígido, los labios secos, las manos heladas y los pies también; bolsas oscuras bajo los ojos, ojos cobardes, ojos que se esconden, que miran para arriba y para abajo y nunca se encuentran. Parecía como si les disgustara ser parte de mí. Horrible.
Luego sonó el teléfono. Lo dejé sonar. Sonó siete veces y luego se detuvo. Estaba a solas conmigo. Me hundí en la cama otra vez, me escondí entre las sabanas y esperé.

Por última vez.

He escrito veinte poemas y no me gustan. Me doy cuenta que existen peores cosas que estar sola, sin embargo, lleva una vida entera darse cuenta y la mayoría de las veces es demasiado tarde y no hay nada más terrible que decir demasiado tarde. Afortunadamente esta es mi séptima vida.
Y en esta vida no hay papeles, no hay sonido.
No hay furia, no hay placenta.
Cuando muera otra vez, no quiero llantos, sólo un entierro decente; viví siete u ocho vidas, y eso es suficiente para cualquiera. Todos finalmente somos lo mismo.
No hay furia, no hay placenta, no hay papeles.

Silencio.
Sólo tiempo. La carne cubre al hueso, la piel a la carne y el tiempo a la piel. Pero la carne busca algo más que piel; busca carne. Y es curioso, porque jamás la encuentra, nadie encuentra jamás al otro. Demasiada carne, demasiada piel.

El basurero se llena,
los manicomios se llenan,
las calles se llenan,
los bares se llenan,
los hospitales se llenan,
Yo no me lleno.

Nada más se llena.

Dos a eme.

Me retuerzo entre las sabanas sucias,
estas, mis sabanas. Mientras fijo mi mirada en las paredes amarillas y nada.
Me he acostumbrado tanto a esto, a esto de no olvidar.
No olvido la manzana y su gusano,
las putas, la traición,
las calles, los bares,
los suicidios de los amantes,
los amigos y las copas,
las promesas rotas,
no olvido ciertas cosas.
No olvido que pronto será miércoles,
Sólo olvido que hay huesos en la carne.

domingo, 25 de noviembre de 2007

El show debe continuar.

-¿Quién dijo que llegaría el día?
-Nosotros, ¿ya lo olvidaste?
-No, como olvidarlo. Hay mucho que olvido, pero aquello nunca.
-Fue hace siglos, demasiado tiempo. Corríamos, saltábamos y nos reíamos sin motivo alguno.
-Y hoy lloramos por el mismo.
-No, eso jamás. Yo no lloro, sólo recuerdo y extraño.
-Yo también recuerdo y extraño pero, quisiera volver, sólo un par de años atrás. A ese lugar, tú sabes, no quiero nombrarlo.
-Sí. Lo sé, soñamos lo mismo.
-¿Cómo lo sabes?
-Fácil. Oigo gritos y voces multicolores, veo sonrisas y luces eternas.
-Yo no. Yo veo escaleras, pasillos, múltiples ventanas y salas; salas, salas, salas vacías.
-¿Entonces?
-Lo sé. Creeme, te hablo del mismo lugar.
-Perfecto, ahora entiendo. Quiero volver.
-Sí, sí sé. Pero, ya es... muy tarde.
-¿Tarde? Nunca es tarde, aún tenemos tiempo. Sólo cierra los ojos.
-Los tengo cerrados. No veo, no te entiendo. ¿Qué quieres que vea?
-No quiero que veas, sólo siente. Regresemos al mismo lugar, al mismo tiempo, la misma sonrisa, mirada. No hay razones, sólo siente.
...
Espero la memoria jamás falle. Esta noche la nostalgia me invade, sé que es una etapa más, una prueba (tal vez), pero nadie dijo que sería fácil; quizás esté exagerando. Pero es cierto, son momentos que espero jamás olvidar, después de todo, fueron años (¿Quizá, una vida?). No sé, ahora no importa; sólo sé que no quiero que llegue el día. No quiero decir adiós y un típico y común "hasta siempre", sé que no será así; con el tiempo las relaciones se pierden, el contacto se desvanece, las personas desaparecen y todo queda en nada.
¿Se puede borrar lo escrito en piedra? Para así vivir la vida siempre, con una sonrisa a flor de labios, como soñadores y luchadores que juramos ser alguna vez. Qué pasará con esos sueños y aquella lucha ¿Se concretarán, algún día, nuestros proyectos? ¿Cómo saberlo?
Este es el comienzo del fin.
Hoy cierro los ojos, después de haber soñado despierta; se apaga mi voz, después de haber gritado y cierro mi puño triturando jirones de tiempo.
Hoy después de haber contado días, minutos y segundos, después de contar amores, amistades, rencores y dolores.
Hoy dejó de latir la palabra en mí lapiz, se desgarró la hoja, sangró la tinta y terminó la historia.
Bienvenida (una vez más) realidad.
Uno, dos, tres.
Aquí vamos de nuevo: luz, cámara y acción.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

No se cómo ni por qué, el recuerdo de aquella tarde regresa hoy, después de tanto tiempo.
Fue en noviembre, hace un par de años; no recuerdo el día exacto. La primavera cantaba y los arboles bailaban su canción, tan felices como nosotros, el día gritaba colores azules y el sol radiante iluminaba la ciudad, el viento nos acariciaba y nosotros acariciábamos el tiempo.
Eramos dueños de hacer y deshacer, de amar y dejar de ser piel; dueños del tiempo, de nuestros cuerpos y nuestras almas. Eramos dueños del tiempo, y apesar de eso, tenía miedo porque sabía que se acabaría; y demasiado pronto. Conocía tan bien esas cuatro paredes, tenía arraigado en la piel el olor de aquel lugar, el sabor de las sábanas, el color de la alfombra, la voz de la ventana.
Fueron horas que el reloj convirtió en minutos.
Tenía tanto miedo, pero estaba segura, yo sabía qué sucedería.
Y pasó, no me di cuenta cómo, pero pasó. Estabamos tan cerca que la distancia no existia, nos miramos fijamente, furiosamente, con tanta hambre que mi ojo se alimentó del suyo un par de segundos. Su boca roja clamaba a gritos mi nombre, yo no supe qué decir, no sabía que hacer. Yo sólo sentía (o sentíamos). Más tarde vinieron las palabras, que una vez más (como siempre) se las llevó el viento (y el tiempo), y como siempre (una vez más) me inundó el silencio, al igual que hoy.
Y no sé por qué razón hoy escribo esto, ni siquiera fue así, no existió ese mes, ese día, esas sábanas, esa alfombra y esa ventana no existen; otra creación de mi imagina-ción. Esas cosas aún no suceden. No suelen suceder en mi morada.

Pasemos a otro tema, no quiero hablar de eso.

La casa está vacía, tan fría, tan sola. Y yo más loca que ella, más fría, tan sola y tan vacía. Aunque no estoy sola, no estoy vacía, ni tampoco tengo frío. Tengo calor, estoy rodeada de gente, y estoy llena de angustía. Pero así me siento, sola fría y vacía. Como esta casa.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Días

Los días pasan tan veloces, que ni siquiera alcanzo a contarlos; no los vivo, sólo los recuerdo.
Y lo peor es que no tengo memoria, la perdí hace tiempo.

Ni ganas tengo de escribir.

¿Y la vida, cuándo comienza?
¿Cuándo termina?

Nada

Siempre:
omito,
escondo,
miento,
aparento,
odio
(intento),
desaparezco
( y vuelvo),
me rindo,
doy todo
(y nada también),
casi siempre
oculto
pero
a
veces
(no)muestro todo.
La mayoría de las veces.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Gusano en la alfombra.

Pisotear, escupir y aplastar.
No tengo más palabras para escupir,
tengo comas, puntos y preguntas para pisotear,
tengo ideas, sueños, amistades y amores para aplastar.
Quiero vomitar algo, pero ni siquiera está en mi estómago,
quiero pisotear signos que no están en mis pies,
aplastar todo lo falso, aplastar todo quizás.
Estoy en el límite, al borde, a punto de caer.
Y hago nada por salir de ahí.
.
.
.
El cadáver en la alfombra yacía con los ojos abiertos, grandes y secos y la mirada perdida y la piel amarilla, podrida y fría como esta noche, como este invierno, un olor putrefacto penetraba las paredes y los muebles. Pasaron horas interminables. Un grito quebró el silencio. Y llovía y se oían las gotas caer una dos tres y cuatro y cinco y seis veces y se multiplicaban como granos de arena y cada gota dolió como sal en la herida y después del grito vino el llanto; nadie supo de su muerte hasta esa noche. Era demasiado tarde. Habían pasado días, era el alimento de gusanos satisfechos, sólo quedaban rastros de carne y un par de gotas de sangre, un poco de cabello y un atado de huesos,
el tiempo le pasó la cuenta, fue el alimento de larvas insaciables.
Su muerte fue macabra, no le quedaba tiempo, no le quedaba aire; la vida fue extinguiéndose segundo a segundo. Apretó su puño con tanta fuerza que sus uñas quedaron arraigadas en la palma de su mano, sus dientes se quebraron de miedo, sintió ese sudor frío y cada vez más cerca el aroma amargo de la muerte. El reloj marcaba las cuatro a eme. Llegaba la hora. Miró a su alrededor, se detuvo en cada fotografía, en cada rincón, leyó una y dos y tres veces cada carta y escribió otras tantas, sintió su cuerpo vibrar y su voz apagarse, sus manos estaban cansadas y su piel flagelada. LLegó la hora se dijo a sí mismo. Abrió el cajón de su velador, tomó aquel frasco, giró la tapa sin dudar, lo abrió. Se miró al espejo, ya no era el mismo, su piel estaba ajada, su cuerpo sin ganas, su mirada había muerto hace años, y su alma ya no lo acompañaba. Eran las cinco a eme. Cada vez más cerca estaba del fin. Tragó tantas pastillas como pudo, abrió desesperado uno y otro frasco; hasta que cayó sobre la alfombra. Aún estaba conciente, sentía como sus pulsaciones disminuían, intentó levantarse, intentó gritar, quería correr pero fue imposible, todo intento fue en vano. Su corazón se detuvo, su cuerpo quedó rígido, su boca abierta y su mirada apuntando al cielo.
Demasiado tarde para arrepentirse.

jueves, 1 de noviembre de 2007

(Des)esperada espera.

Y ahora sólo queda esperar.
Que pasen los años,
se acabe el tiempo,
cesen los sueños,
desaparezcan amantes,
desvanezcan amigos,
y finalmente, mutilar el cuerpo.
Yo espero que llegue el descanso, el descanso eterno.
Ni siquiera he vivido y ya estoy cansada de esta vida.
Si pudiese omitiría los últimos 6 años,
Si pudiese, omitiría todo.
No merezco nada, ni siquiera la lástima; eso ya es demasiado.
No sé como puede haber gente tan estúpida que soporte tenerme a un par de metros, no sé, realmente son imbéciles, soportar a alguien así, como yo...por qué, no lo entiendo.
No tengo ni siquiera escrúpulos,
no tengo verguenza, ni siquiera sé lo qué es arrepentirse.
Y no conozco la palabra perdón.
Tengo nada,
tengo la mentira a flor de piel y un par de lagrimas bajo los ojos, un poco de odio
Que el tiempo acabe pronto;
detente reloj de la gran puta.

domingo, 28 de octubre de 2007

Buen día

-Buen día, cariño.

Anoche soñé todo lo que no soñé durante meses, simplemente fue maravilloso. Hace meses que no soñaba algo así, me sentí como nunca, me temblaba el alma de felicidad, mi cuerpo vibraba, por fin un descanso; nada ni nadie logró borrar de mi cara la sonrisa que se me dibujó cuando desperté hoy. Si tuviese sueños como el de anoche cada vez que duermo, no me mantendría despierta; le pediría a mis ojos que se cierren, que no le cedan el paso a la luz jamás.

Lo peor, es que aún no logro recordar qué fue lo que soñé.