Pisotear, escupir y aplastar.
No tengo más palabras para escupir,
tengo comas, puntos y preguntas para pisotear,
tengo ideas, sueños, amistades y amores para aplastar.
Quiero vomitar algo, pero ni siquiera está en mi estómago,
quiero pisotear signos que no están en mis pies,
aplastar todo lo falso, aplastar todo quizás.
Estoy en el límite, al borde, a punto de caer.
Y hago nada por salir de ahí.
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El cadáver en la alfombra yacía con los ojos abiertos, grandes y secos y la mirada perdida y la piel amarilla, podrida y fría como esta noche, como este invierno, un olor putrefacto penetraba las paredes y los muebles. Pasaron horas interminables. Un grito quebró el silencio. Y llovía y se oían las gotas caer una dos tres y cuatro y cinco y seis veces y se multiplicaban como granos de arena y cada gota dolió como sal en la herida y después del grito vino el llanto; nadie supo de su muerte hasta esa noche. Era demasiado tarde. Habían pasado días, era el alimento de gusanos satisfechos, sólo quedaban rastros de carne y un par de gotas de sangre, un poco de cabello y un atado de huesos,
el tiempo le pasó la cuenta, fue el alimento de larvas insaciables.
Su muerte fue macabra, no le quedaba tiempo, no le quedaba aire; la vida fue extinguiéndose segundo a segundo. Apretó su puño con tanta fuerza que sus uñas quedaron arraigadas en la palma de su mano, sus dientes se quebraron de miedo, sintió ese sudor frío y cada vez más cerca el aroma amargo de la muerte. El reloj marcaba las cuatro a eme. Llegaba la hora. Miró a su alrededor, se detuvo en cada fotografía, en cada rincón, leyó una y dos y tres veces cada carta y escribió otras tantas, sintió su cuerpo vibrar y su voz apagarse, sus manos estaban cansadas y su piel flagelada. LLegó la hora se dijo a sí mismo. Abrió el cajón de su velador, tomó aquel frasco, giró la tapa sin dudar, lo abrió. Se miró al espejo, ya no era el mismo, su piel estaba ajada, su cuerpo sin ganas, su mirada había muerto hace años, y su alma ya no lo acompañaba. Eran las cinco a eme. Cada vez más cerca estaba del fin. Tragó tantas pastillas como pudo, abrió desesperado uno y otro frasco; hasta que cayó sobre la alfombra. Aún estaba conciente, sentía como sus pulsaciones disminuían, intentó levantarse, intentó gritar, quería correr pero fue imposible, todo intento fue en vano. Su corazón se detuvo, su cuerpo quedó rígido, su boca abierta y su mirada apuntando al cielo.
Demasiado tarde para arrepentirse.